cómo beneficiarse de las ventajas del interés compuesto

Lo sabemos. El interés compuesto es la octava maravilla del mundo, o al menos así lo definió Albert Einstein, según cuenta la leyenda (probablemente apócrifa). Pero a la hora de la verdad: ¿qué puede hacer un inversor para sacar partido de esta estrategia? Te lo explicamos.

Definición

Lo primero de todo es tener claro el concepto de interés compuesto. El término hace referencia al interés que se aplica tanto sobre el capital inicial como sobre los rendimientos acumulados hasta ese momento. En contraposición, el interés simple sólo se calcula sobre el capital inicial.

Veámoslo con un ejemplo. Imagínate que inviertes 10.000 euros y recibes un interés compuesto anual del 10% a diez años. A cierre del primer año tendrías 11.000 euros: los 10.000 iniciales, más el 10% de 10.000 que son mil. Por tanto, de cara al cálculo del interés que recibes el segundo año ya partirías del 10% de 11.000 (no del 10% de 10.000).

De este modo, recibirías 1.100 euros, que sumados a 11.000, son 12.100. El tercer año recibirías el 10% de 12.100, que son 1.210 euros. Sumados a la cantidad anterior, da como resultado 13.310 euros. Así, como puedes observar, el interés que cobras cada año es superior al del anterior porque se calcula sobre una cantidad cada vez más elevada.

En cambio, si el interés que recibieras fuera simple, el primero año tendrías 11.000 euros; el segundo, 12.000 euros; y el tercero, 13.000 (y así, sucesivamente).

Cantidad inicial (€)Cantidad Año 1Cantidad Año 2Cantidad Año 3Rentabilidad a 3 años (%)
Interés compuesto10.000 11.000 12.100 13.310 33,1%
Interés simple10.00011.00012.00013.00030%

Por tanto, tu rentabilidad a tres años con el interés simple habría sido del 30% y con el interés compuesto, del 33,1%. Y como te puedes imaginar, esta bola de nieve va creciendo cada vez más, de forma que en el largo plazo la diferencia entre interés simple y compuesto es realmente notable.


¿Y si no cobro ningún interés?

El concepto de ‘interés compuesto’ se entiende a menudo desde una perspectiva genérica, aplicándose a productos que en realidad no reciben ningún tipo de interés como tal, sino que experimentan una revalorización por la apreciación de los activos, como un fondo de inversión o una cartera de acciones.

La idea aquí sería similar, en el sentido de que la revalorización anual (en caso de que la hubiera) se calcularía siempre sobre la última cantidad disponible, por lo que crecería de forma exponencial.

Por ejemplo, una acción que cotiza a 10 euros y sube un 10%, se sitúa en 11 euros. Si sube otro 10%, esa revalorización se calculará ya sobre los 11 anteriores, no sobre los 10 iniciales.

En estos casos quizá es más recomendable utilizar el término “capitalización compuesta”, para no introducir el concepto de “interés” que puede inducir a error.

No obstante, lo importante, tanto en uno como en otro caso es ser consciente de las bondades que implica el ahorro a largo plazo. Cada año que pasa no sólo aumenta tu capital, sino que lo hace cada vez más rápido. De ahí la importancia de empezar a ahorrar (e invertir) cuanto antes y procurar, en la medida de lo posible, ser pacientes y no tocar el capital… darle tiempo para que siga trabajando para ti.


Productos con capitalización compuesta

Y ahora la pregunta del millón: ¿cómo puedes saber qué productos se rigen por el criterio de capitalización compuesta y cuáles por el de capitalización inicial?

La inversión en activos cotizados (por ejemplo, las acciones) implica que cualquier crecimiento se produce en términos de capitalización compuesta, ya que, como hemos visto en el ejemplo anterior, cualquier variación en el precio se produce sobre la cotización del día anterior. Aquí no hay que olvidar que la renta variable no tiene por qué revalorizarse siempre y que en el corto plazo es propensa a oscilaciones. Pero también es cierto que en el largo plazo lo habitual es que la bolsa suba y que lo haga, además, con mayor fuerza que otros tipos de activo, como la renta fija o la liquidez.

Por ende, los fondos de inversión, que invierten a su vez en activos cotizados y dan valor liquidativo diario, también se benefician de las ventajas de la capitalización compuesta. Y lo mismo sucedería con las carteras de fondos indexados.

Por otro lado, los depósitos y cuentas remuneradas suelen recurrir a la fórmula del interés compuesto para remunerar los depósitos y cuentas remuneradas, así como para calcular los intereses de los préstamos.

¿Cuándo se aplica entonces el interés simple? Pues en aquellos productos en los que se establece un importe fijo a priori, que será el mismo año tras año.

Esto ocurre, por ejemplo, en aquellos bonos cuyo cupón se calcula sobre el valor nominal. En este caso, el inversor recibe todos los años el mismo cupón hasta el vencimiento del bono. Este importe no se ve afectado por los cupones ya cobrados ni por la potencial revalorización que pueda experimentar el precio del bono en el mercado secundario.

Lo mismo pasa en el mercado inmobiliario, cuando se establece un alquiler fijo para una vivienda. Si dejamos a un lado las eventuales subidas del IPC (imaginemos que este ajuste no está recogido en el contrato o que la inflación fuera del 0%), el propietario del inmueble recibe siempre la misma cantidad todos los años, hasta el vencimiento del contrato. Y esta cantidad o alquiler no varía en función de los alquileres ya pagados.

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