Quizá alguna vez hayas oído hablar de lo difícil que es generar alfa. O que la beta de un producto es inferior a la de otro. No, no es que las gestoras se hayan vuelto locas o que el mundo de la inversión se haya convertido en una especie de hermandad estudiantil americana. El significado de estas letras griegas es más sencillo (y útil) de lo que crees. Te lo explicamos.

Alfa

La ratio alfa hace referencia al valor añadido que aporta un gestor con respecto al índice de referencia. Por tanto, equivale a la diferencia de rentabilidad entre ambos.

Esta variable funciona también en sentido contrario. Si el gestor lo hace peor que el índice, el alfa del producto sería negativa.

No obstante, los analistas suelen utilizar una variante algo más avanzada de este concepto: el alfa de Jensen o Índice de Jensen (por el economista estadounidense Michael Jensen). La idea es muy similar: valorar el plus de rentabilidad del producto con respecto al índice. Pero además, tiene en cuenta el nivel de riesgo que ha asumido el gestor.

Ese nivel de riesgo se calcula en términos de exposición al mercado, lo que se mide con el término beta, que te aclaramos más adelante.

A la hora de elegir el índice idóneo, se suele escoger el que consta en el folleto del fondo, aunque hay firmas de análisis que prefieren utilizar el índice de referencia más representativo para el conjunto de la categoría.

El concepto de alfa suele salir a colación en el debate sobre los pros y contras de la gestión activa frente a la indexada. Los defensores de la gestión pasiva consideran que generar alfa positiva y de forma consistente es muy complicado. En consecuencia, prefieren renunciar a intentarlo y se decantan por fondos indexados y productos como los ETF.

No obstante, la generación de alfa no es una utopía, aunque resulta clave aplicar los criterios de selección adecuados.

Beta

La beta es una ratio que mide el nivel de riesgo de un fondo (o cualquier otro producto o activo financiero) con respecto a su índice de referencia. Para evaluar el riesgo se analiza la volatilidad del fondo (las oscilaciones que experimenta la rentabilidad en un periodo determinado) y se compara con la volatilidad del índice. Por tanto, la beta de un fondo mide si ese producto es más o menos volátil que su índice de referencia.

Esta variable se mide sobre el valor 1, que representa la volatilidad del índice. Así, una beta superior a 1 implica que el fondo tiene una volatilidad superior a la del índice. Y si es inferior, es que el fondo es menos volátil. La desviación se calcula en base cien. De este modo, una beta de 1,25 significa que el fondo es un 25% más volátil que el índice. Y si es de 0,8, el fondo sería un 20% menos volátil que el índice.  

La beta de un producto permite saber hasta qué punto incorpora la gestión activa. Así, un fondo indexado debería tener beta 1, mientras que otro de gestión activa debería presentar una beta claramente superior o inferior. ¿Hasta qué punto debería desviarse de 1 para ser considerado realmente un fondo de gestión activa? No hay una cifra específica, pero a modo orientativo se puede situar en el 10%. Por tanto, lo habitual es que sea superior a 1,1 o inferior a 0,9.


Delta, omega y otras letras

Alfa y beta son las letras griegas que te encontrarás con más frecuencia en el panorama de los fondos de inversión, pero existen otras letras griegas que también han conseguido hacerse un hueco en el diccionario financiero.

La delta, por ejemplo, es una variable que mide la sensibilidad que tiene el precio de una opción (un derivado financiero) al activo subyacente. Concretamente, mide cuánto varía el precio de la opción si el activo subyacente varía su precio en 1 céntimo, suponiendo que el resto de factores que influyen en el precio permanezcan estables.

Por su parte, la ratio omega compara los beneficios obtenidos por el fondo en la parte alcista del ciclo económico con las pérdidas sufridas en la parte negativa. Es el cociente entre la probabilidad de tener ganancias y la de tener pérdidas.

Finalmente, la gamma es un concepto acuñado por los analistas de Morningstar. Con él miden el valor añadido que aporta un asesor financiero con sus decisiones de planificación financiera.